
Hace poco menos de un mes tuvimos tormenta; uno de los huracanes que se esperaban en esta activa temporada que aún tarda en terminar. Siempre pensamos que estamos preparados ¿Para qué?
¿Quién puede sentirse seguro ante la naturaleza? En esta ocasión igual nos tomó por sorpresa. Contrario al año pasado que se desvió al norte, esta vez cambió el rumbo hacia el sur.
Había trabajado toda la mañana bajo la lluvia intentando proteger los bienes ajenos; cosa evitable que aún no puedo evitar. Fue la razón por la que llegué a casa pasadas las 5 de la tarde; el cielo coloreado de tonos extraños, sobrecogedores y un viento fuerte que cedía a ratos. Con la luz cortada y sin tener adónde ir y habiendo sobrevivido otras situaciones, creía yo que similares; me sentía más o menos tranquila, esperando que todo pasara en breve y a seguir con la rutina cotidiana. Ilusa. El ojo del huracán cruzaba sobre mi cabeza a la par que los recuerdos. Silencio pesado, oscuro. Olor a desastre.
Tardó minutos en desatarse una lluvia como no tenía memoria haber vivido antes. Pánico.
“Tranquila”, me decía. La voz de una amiga
“deja todo, métete en el closet”, teléfono muerto, agua entrando por las hendijas, manos agotadas de exprimir, un caballo apoderado del sitio donde juraba que alguna vez estuvo un corazón, galopando frenético. Miedo.
“No pienses, no pienses”, me pedía la mente. Y otra vez... puerta, ventana, puerta... en cada ocasión que me acercaba a ellas, se iluminaba todo afuera y sentía rugir. Puede sonar tonto pero esa “cosa” estaba viva y se encolerizaba al verme.

Pensé que el techo volaría. Recordé la sugerencia de mi amiga y procuré concentrarme en preparar un maletín con lo imprescindible si tenía que huir. Huir. ¿Adónde? Si el viento era capaz de levantar un techo, volcar rastras enormes, hacer volar casas y arrancar árboles, ¿por qué no iba a volar yo?
¿Qué es importante, vital, irremplazable? Nada.
“Concéntrate”, me decía. Miré en derredor. No conseguía que cosa alguna me resultara vital. Pensaba en las fotos y cartas que debía dejar; eché sin convicción el título que nunca recuerdo, mientras a una velocidad vertiginosa se dibujaban ante mí las escenas vividas en aquellos años, los amigos ausentes, en espacio y en tiempo, los que ya se han ido antes y me preguntaba si uno puede saber que vive el último instante.
“Sigue”. Pasaporte. Dos mudas de ropa interior. La cámara de fotos. Una foto. Intentaba reunir las cosas de valor.
¿Cómo salvar historias? Llegué al cofre de madera con incrustaciones de nácar que conservo desde la infancia. Me enamoré de él no más verlo en aquella tienda de la calle Obispo, sin valor para el mundo y tan valioso. Hasta hoy no se ha negado a guardar tesoros en forma de caracoles, piedrecitas sueltas, sellitos herrumbrosos, un “cocamello” y... otra vez los recuerdos. Caí en cuenta de que cada elemento que ponía en el maletín me devolvía sensaciones, a épocas vividas, de gente, de olores, de sueños, de jugar a los “cocinaítos” con “mi Pipo”, de la primera vez para tantas cosas, de la última vez para tantas otras. Y ya no pude más. Tenía que seguir sacando agua para evitar la inundación, más que ninguna, la que me estaba removiendo cimientos de vida. Calor sofocante. Ganas de abrir la puerta y que fuera lo que Dios quisiera. Me senté en la cama, exhausta, pensé
“una hora, en una hora vuelvo a exprimir todo”, me tumbé y quedé profundamente dormida. No recuerdo haber soñado, ni a color ni en blanco y negro, ni sonidos ni silencios, como si las escasas horas hasta el amanecer hubieran sido apenas segundos.
Abrí los ojos. Sentí paz. Sin moverme recorrí las paredes en el ángulo visual. Agucé los oídos. Miré el techo, aún estaba sobre mi cabeza y entonces, recuerdo una sonrisa que se me dibujaba en el pecho a la par que mis labios decían
“estoy viva”. Hacía mucho que no experimentaba una sensación tan maravillosa.
Con cautela abrí la puerta y aunque el cielo seguía gris, se olía vida a pesar de los destrozos. Pasar las siguientes horas recogiendo ramas y limpiando era una necesidad espiritual, ver gente caminando, triste pero con ganas de desear
“buenos días”, de dar una mano al vecino aunque no conociera su nombre.
Sólo entonces reparé en una hoja y en su inquilino, un pequeño caracol que parecía petrificado. Pobrecito. Pasó la tormenta solo pero sin techo, no tuvo que sacar agua de su hogar, quizás se la había tragado toda.
¿Se pueden ahogar los caracoles?. Sentí dolor por no haber pensado en todas las criaturas que no tendrían refugio; apenas había pensado en los pájaros, perros y gatos, como si ellos fueran los únicos animales. Le tomé unas fotos a este caracolito porque un amigo me había pedido alguna desde hacía meses. Y lo dejé en el muro que estaba antes. Por un instante pensé
¿dónde me gustaría quedarme al morir?. Descarté el pensamiento.
Era un día de vida y no lo echaría a perder por nada del mundo. Pero este caracol me hacía pensar, tan pequeñito. Volví a casa y al rato salí para chequearlo, tenía una impresión especial, su color no estaba muerto y esa corazonada era cierta, había abandonado su rigidez y trepaba por la cerca, seguía viviendo su camino.
Este post aunque no lo parezca
es dedicado a él y a los que como él son pequeños, están solos en la tempestad pero echan a andar no más calienta el sol, porque para morirse siempre habrá tiempo y hay que vivir mientras haya vida. Bajo una tormenta o no, nuestro cielo se llena muchas veces de nubarrones, por nuestros ojos llueve pero hay que reconocer que también sale el sol, en forma de sonrisas, de una palabra amable, de un buen pensamiento, de un abrazo o de un recuerdo. Vivimos sobre hojas que no siempre están quietas sobre una superficie plana. Quizás el mensaje sea buscar en nuestro interior qué nos sirve de anclas y qué reservas de fuerzas debemos no desperdiciar en luchas estériles; qué espacio dejar libre en el corazón para
volver a amar la vida.