Crónica de un viaje no planificado
Viajar, para mí, se parece en mucho a lo que siento de la vida. Cuando planifico hasta el más mínimo detalle, basta que la idea esté totalmente redonda para que "alguien" saque una pieza del puzzle y se desbarate todo. Lo que "funciona", en mi caso, es no pensar, hacer lo que siento y ya, por eso a veces me siento un poco como Winnie, para quien una perfecta excusa para visitar a un amigo es que sea jueves y pensar en la melodía preferida puede reducirse al canto de los pájaros mientras se tumba al pie de un árbol.Pero nada de esto cuenta del viaje...
Me levanté al amanecer, tomé un pequeño bolso y salí dejando que mi instinto guiara el rumbo. Dos buses después, en una terminal, sacaba pasaje a otra ciudad.
- ¿les he despertado?
- dime, dime, dónde andas? (voz de nube)
- acá dicen que el viaje tarda 12 horas
- queeeeé?!!! táj loca! quédate en la ciudad intermedia, allí te buscamos (despierto total)
- no, qué pena, no quiero molestar...
- arranca pa' acá muchacha y deja la bobería
En variante 2, debía tomar el bus (guagua) en el andén 2 y allí me monté una vez que llegó. No tardaba en salir cuando una chica sube buscando desesperadamente a alguien, se armó un pequeño revuelo hasta que el chofer anunció que el destino de esta guagua era totalmente al sur; o sea, contrario al mío. El señor acomodado a mi lado no entendía que me tenía que bajar y casi tengo que sentarme en su cabeza para poder salir de aquella estrechez. Liberada al fín y acomodada en la nueva guagua, pensé que comenzaba la aventura, sin notar que ya estaba metida en ella hasta las orejas.
Mis ojos y toda yo disfrutaban de cada tramo del camino; me hizo especialmente felíz recibir una llamada desde el otro mundo y escuchar una voz a la vez distante y familiar, alegre y dispuesta a la alegría; todo era perfecto.
Dos horas después, creí escuchar al chofer "Today is Christmas, I won't take any chance" (Hoy es Navidad, no me voy a arriesgar) y mi instinto de viajera lo supo siempre, prometía ser un día fascinante, la guagua estaba descompuesta. Mis compañeros de viaje alargaron sus caras y yo me bajé a estirar las piernas siendo toda sonrisa. Recibí varias llamadas "¿Dónde lo vas a pasar? Ven con nosotros", "¿Te has vuelto loca? Regrésate", "¿Qué haces ahí mijita? ¿Se te cruzaron los cables o ya estás fundía?" y yo sólo podía decir... "Llegaré cuando llegue, no quiero cumplir una meta, estoy disfrutando el camino" y todo cobraba sentido. Quizás de no haberlo hecho no hubiera recibido llamadas, quizás esas probaban mi espíritu y ni por un instante chiquitico tuve dudas. Me sentía libre, de ser, de andar, de elegir.
Pasaron otras cosas que resumo... al cabo de 2 horas 50 minutos enviaron una nueva guagua y para entonces me había ido a buscar un café, así que casi la pierdo; el chofer notó a unas millas de ahí que había olvidado un pase que necesitaba en el camino y de vuelta atrás... entre pitos y flautas, transitamos sin prisa, ni siquiera aquellos que ya habían perdido las esperanzas de alcanzar el siguiente bus o avión. Conocí muchos pueblitos, "Delray Beach", "West Palm Beach", "Port St. Lucie", "Fort Pierce"... "Kissimmee", cada uno revelando que no mucho tiempo atrás todo era apenas campo abierto donde pastaban los animales y el hombre común no es la imagen de poderío y bravuconería que el gobierno comparte al mundo, que echamos raices o echamos a volar porque somos humanos, que se vive y ama en cualquier sitio.
Y así, trocando pensamientos en sentimientos, fue anocheciendo. Los amigos llegaron a buscarme y la cena fue deliciosa, el sueño me venció antes de poder terminar la peli que me querían compartir y no tuve un árbol en casa con una estrella pero el cielo estaba llenito de ellas. Y lo mejor, dentro de mí no anocheció ni llovió, me invadía una sensación olvidada, todo estaría bien en tanto estuviera conmigo, sin miedo a vivir.









