Gracias por su paciencia
Hace unos días, una llamada. Alguien necesitaba comprar un producto. Atendí. Expliqué una y otra vez. Se entrecortaba la voz del otro lado de la línea. De este lado se iba instalando la ansiedad "No le he escuchado bien.", "le repito la dirección... B de bebé, un espacio...", "no, mire, empecemos de nuevo, no se apure...". Ansiedad creciendo. "Si prefiere, le mando una carta con las instrucciones, así no se pierde." De pronto, comenzó a escucharse perfectamente: "Perdone, el celular estaba un poco descargado. Muchas gracias por su paciencia. Tengo hijas pero ya no les quiero molestar. Andan tan ocupadas. Quiero intentar resolverlo por mí misma y creo que con su ayuda lo voy a lograr. Otra vez gracias por su paciencia, ha sido tan amable."Hay frases que se clavan. Esta fue una. ¿He sido realmente paciente? Y por dentro?
Hace años, en un viaje-excusa por la escuela, visitamos una iglesia, que de pequeña me intrigaba por fuera, sin atreverme a entrar. Ni siquiera el impulso de transgresión y rebeldía, habían logrado que cruzara su puerta. Pero estaba enclavada en un sitio precioso, donde el sol no consigue quemar y la piedra huele y el aroma en el viento evoca historias de amor y esclavitud; de esos sitios mágicos en una ciudad mágica. Le llamamos "La iglesia de la loma del ángel" y es protagonista de una novela de Cirilo Villaverde. Pero no es de esa historia que hablo.
Su construcción a través de los años ha ido mezclando estilos producto de incendios, las inclemencias del tiempo y las provocadas por el hombre. Quizás por el exceso de luz exterior, encontré que adentro era muy oscura, sus bancos de madera muy pulidos, desgastados, muestran la huella de sus asiduos visitantes. El hombre busca la luz en medio de la oscuridad -pensé. Me sobrecogió el ver tantas imágenes y santos del tamaño de un hombre común y un féretro de cristal con un Jesús que parecía real. Para alguien alejado del medio como yo, todo se sucedía como imágenes en la niebla. Era otro mundo, dentro del mío, del que no formaba parte. A la salida y creo que fue en realidad la razón de mi visita, un papel entre muchos colgados de un mural, llamó mi atención. Lo que uno aprende con los años.Un punto en especial decía más o menos así: "Tener paciencia con los ancianos, cuando repiten una y otra vez la misma pregunta..." y no recuerdo las razones que daban, en ese instante se me dibujó el rostro de mi abuela.
Hasta entonces, me desesperaba cuando me preguntabas lo mismo 3 veces que me parecían 100. Y es que uno no acepta que ya no sean los mismos, que se pongan viejos, que se mueran; uno quiere crecer y que ellos se queden igual a como les conocimos, porque uno crece aprisa por ver el mundo y poder hablarles y aprender de ellos. Y te extraño mucho, querida Pila. Y después de tí, sigo sin tener mucha paciencia, pero la estiro un poquito.
Paciencia y respeto. No porque un día seré vieja y voy a repetir la misma pregunta 3 veces que parecerán 100, sino por amor (aunque quizás yo no tenga una "mi nieta, la mayor"). Respetar la necesidad de otros de crecer. Nuestra necesidad de avanzar, tantas veces por miedo, por caminos inciertos. Extender una mano para ayudar, en lugar de golpear. Mirar a los ojos, abriendo puertas.
La señora me agradecía por algo que me estaba fallando. Mientras, se me iba haciendo un nudo en la garganta con una lágrima amenazando con brotar y un pensamiento fijo en el rostro de mi abuela. ¿Y será que te dije cuánto me gustaba peinarte y pintarte las uñas y comer las croquetas más ricas del mundo que tú hacías? ¿Y que te admiraba porque se te daban todas las matas y todas florecían aunque les cambiaras el nombre? Me duele tu ausencia desde antes de irnos, supe que ya no estabas cuando me dijiste un poco triste tú: "oye, dile a mi nieta que me venga a ver, que la quiero mucho". Y te dije: "Claro, yo le digo. Ella también te quiere mucho."
Y la señora se despidió con un "gracias pequeña Odalys" y sentí que volvía a ser de verdad aquella pequeña que jugaba a tener el pelo largo y a coser y esconderse detrás de la puerta, la que mecías, para dormir, sobre tus piernas, mientras nos balanceabas en el sillón azul. ¿Y uno por qué tiene que crecer?
Iglesia del Santo Angel Custodio. Construida en 1630, se encuentra enclavada en la intersección de las calles Cuarteles y Compostela, en La Habana Vieja.
Cirilo Villaverde, escritor cubano del siglo XIX.








