
Una mano que da, otra que quita; por un lado se gana, por otro... ¿qué realmente se pierde? Un día tras otro, sin prisa. Cada minuto se cumple exactamente a los mismos segundos que el anterior, pero cada segundo es distinto.
Hace unos días la luna estaba redonda, gigante y sentada en un banco la veía moverse, cuando en realidad era la tierra donde estaba ese banco conmigo encima quien se movía y se mueve. Por primera vez, que recuerde, me pregunté cómo era posible no caer, girando a tal velocidad que en apenas minutos, esa hermosa luna ya no estaba a ras del suelo y se elevaba como un globo. Si abriera los brazos, si pudiera volar, me gustaría abrazarla. Dicen que es fría, distante; sin embargo, a ella dedican estrofas los poetas y suspiros los enamorados.
Nemo mira al cielo y cuenta estrellas; alguna vez yo también contaba... también estrellas.
De pequeña solía mirar el cielo desde la azotea en casa de mi abuela Pilar, el edificio más alto de su calle. Encontraba formas curiosas que iban tomando cuerpo en historias que me inventaba; luego comencé a ver figuras en la oscuridad, formadas por las ropas tiradas al descuido sobre la baranda de la barbacoa; luego en los pisos de granito, en los guardavecinos, el tronco de los árboles, luego...
Todo comenzó, o me hice consciente de ello, cuando ante la insistencia de “moda” de mi madre, me compró unos zapatos para ir a la escuela. Desde antes y desde siempre vestí y calcé como se podía y dejaba los gustos para mis sueños donde era princesa y me abría la falsa piel por medio de un zipper para dar paso a una muchacha bonita, de cabello muy largo; me bastaba con soñar y ya era felíz. A decir de mis padres, nunca pedí o reclamé cosa alguna, aceptaba lo que me daban sin chistar. Si hubieran querido leer en mis ojos. Pero aquella vez y camino a la escuela comencé a contar los zapatos del mismo tipo que usaba la gente, con el paso de los días ya no era gracia sino obsesión hasta que decidí enfrentar a mi madre y decirle que mejor andaba descalza y nunca más los volví a ver.
Pasaron los años y sin darme cuenta volví a contar, las estrellas en el cielo, los puntos en el tejido. En la sala de espera de los hospitales contaba los cuadros del techo, del piso; en casa, los mosaicos en la pared; mientras esperaba en filas infinitas la llegada del "camello", contaba los bancos del parque, los árboles, los pétalos en una flor, las personas, los dedos en sus manos... Pasaron muchas cosas pero cada vez se me hacía menos posible parar de contar.
Coleccionaba fechas, efemérides, cumpleaños, aniversarios, contaba los días, los meses y los números daban vuelta, girando, cambiando de tamaño y tipografía. El mundo se detenía en cada evento, mientras sentía que me agotaba, cada vez tenía menos fuerzas, menos ganas y comencé a olvidar, incluso las cosas que conocía de memoria, lo que había hecho y explicado tantas veces. Me sentía enferma y pensaba que la cura sería poder vomitar... si tan sólo hubiera podido.
Un día, desde la calma más total, tomé una; mejor decir, un paquete de decisiones, porque por alguna razón que desconozco, no consigo hacer las cosas de una en una. Y eso bastó para que dejara de contar, como si me hubiera vaciado y quedara mucho espacio para ser llenado de nuevo. No me dí cuenta al principio. Luego pensé en la necesidad primitiva; sobrevivir no deja espacio para melindres. Cuando no se trata de adornar la historia sino de crearla, desaparecen, si no todos, muchos límites. Y la explicación que encontré fue “libertad”.

Desde hace un tiempo, meses, volví a sentirme presa, enfrascada en una lucha sólo exteriorizada en mi interior, llena de diálogos, razones, verdades, justicias, pero descargada en dispersos fragmentos a los oidos de unos pobres amigos, jamás al elemento perturbador. Comencé a sentirme apagada, caminando en reverso, obligándome a hacer lo responsable, lo correcto. Y volvieron las cuentas, de las horas para irme, de los días para terminar la semana, el mes, el año, dándome razones, cotejando lo injustificable.
Ayer, y luego de pensar mucho cómo abordaría la situación, fue simplemente “quiero hablar contigo. Me voy” y todo terminó. Un nuevo paquete está en marcha. Hoy no he necesitado convencerme, las horas han volado sin ayuda de mi chequeo constante y confirmo que una cosa es mirar disfrutando y otra opuesta es intentando encajar o poseer. Ese es mi nuevo aprendizaje, cuando me vuelva a descubrir contando, me detendré; es la señal, en mí, que anuncia cautiverio abrazado al miedo que inmoviliza.
Y me gusta mirar al cielo, abrir los brazos, cerrar los ojos, aspirar el aire y girar. Ya no soy para nadie la “osa mayor” y eso me da gusto. Ya mis ojos no esquivan ni asoma una lágrima ante la "osa menor" y eso me libera. Soy una mujer, en la tierra, incontable, innombrable acaso. No quiero a alguien que baje una estrella hasta mi almohada, ni que me prometa el cielo; quiero una mano cálida, parte de un hombre vivo que no le importe girar, con quien no sienta ganas de hacer cuentas, ni de pasado, ni de futuro.
Un día escribiré menos que no mejor. Hoy es una buena terapia.
Buenas noches.
Un beso.

Anímate, vale? Te he dejado colgado un abrazo en el lucero del alba.
Tú lo verás primero y lo sentirás como al sol en la mañana, ayúdale a brillar con tu sonrisa.
Me te cuidas y te me cuidas.