Hoy igual que ayer... como siempre...
Las señales están en todas partes, para quienes... también. Me gusta leer en y de cualquier sitio; sin embargo, tengo el privilegio de no ver las casas por más pueblo que me rodee, con sus plazas y bodegas y torres de central. En ocasiones, incluso, hasta me obligo a creer que el humo tiene cuerpo y siente.
Y el diario no hablaba de mí...
Una nube presagia tormenta aunque su blancura nos despiste. "No todo lo que brilla es oro" -dice el refrán. Y pasa y queda y pasa. El estruendo, el relámpago, el azul enceguecedor de una explosión, el olor a quemado, el silencio sólo roto por el agua golpeando los cristales, la confusión, el terror. Salir del camino, de la senda central de una autopista tan inundada de agua como de autos. Comprender.
Hay que ver cómo se ausentan los verbos cuando mas se necesitan. Y estar vivo es apenas un estado, como los de un interruptor: apagado-encendido. El susto; sin embargo, consigue incluir un semiestado intermedio de indefinible duración, seminconciencia consciente, letargo.
- Y no te alegras de vivir?
- Pude morir.
- Pero vives.
- Supongo.
Y el diario no hablaba de tí...
La justicia tiene cara burlona. Ambas partes, cualesquiera sean, siempre obtienen su pedazo acomodable de razones traicioneras. Por encima de lo humano, lo divino. Inescrutable, incomprensible, inaccesible. Y la rueda de la incomunicación cojea ante la avaricia y una avispa aguijonea el músculo destinado, dicen los que dicen, al amor y a la vida. Y nada importa la ausencia, el intento, el tan cercano que pudo no ser, el reencuentro. El dinero opaca pero desnuda. Si el aturdimiento no durara, decidiría, en definitivo, por la boca. No parece necesario.
- Estoy viva.
Y el diario no hablaba de tí, ni de mí...
La vida no tiene dolores para quien entiende a tiempo su sentido. No estoy en ese grupo. Tampoco. Me rompe la fragilidad humana, la miseria que somos detrás de tanta ropa y pretenciones. Y otra vez la disputa eterna entre la razón ajena y el derecho propio. ¿A quién damos el privilegio de decidir por nosotros sobre nuestra vida? ¿Es un acuerdo tácito o se nos roba en nombre del amor, del por-tu-bien? El cuerpo humano es una maquinaria frágil que alberga una ilusión. ¿Qué queda cuando ya no queda? Una oración inconclusa, una mano helada que se pierde entre mis manos aún calientes. ¿Y que me hace retenerla un poco? No puedo darte un poco de mi vida, a tí tampoco. Pero valió la pena, todo el camino. Alcancé a verte. Sonreíste. Me partió el alma tu esperanza, tu ahogo, saber que no sabrías. Y me duele el efímero poder que creemos tener cuando todo se decide en un instante tan infinitamente pequeño.
Y ya no me pude encontrar en ninguna esquina, en ningún recuerdo; un poco sí en algunos brazos, algunas miradas. Pocas. Las imprescindibles. Las más, tan lejanas. Nada es igual. Soy la misma que fue pero no la que se fue. Me encontré allí piedra y mariposa. El precio de volver a ser es volver a creer en la mentira. No lo voy a pagar.
Y mi pelo anudo con un lazo rojo y me prendo un girasol en el pecho, en la frente, en la espalda;
para los malos ojos,
para los malos ojos. El polvo del camino no se deshace en el viento, ni el mar se lleva el recuerdo, ni la lluvia lava la pena. Un instante no más se necesita para partir, para quedar, hasta la próxima.